martes, 29 de septiembre de 2026
HISTORIAS OCULTAS: ¿Fueron los Incas capaces de llegar a la isla de Pascua?
Vinapu es un área ceremonial en la que se conservan los restos de tres plataformas que, en otro tiempo, sostuvieron moáis, las monumentales esculturas que convirtieron a Isla de Pascua en uno de los lugares más reconocibles del planeta. Una de esas plataformas, el Ahu Tahira, posee un muro de basalto cuya construcción recuerda poderosamente a la arquitectura de los templos incas. La semejanza ha alimentado durante décadas una pregunta tan fascinante como controvertida: ¿llegaron los incas hasta Rapa Nui? La isla se encuentra perdida en medio del océano Pacífico, a más de 3.700 kilómetros de la costa de Chile. La interpretación arqueológica tradicional sostiene que Rapa Nui fue poblada por grupos de origen polinesio alrededor del siglo X. Y, sin embargo, determinados elementos constructivos de Vinapu presentan semejanzas llamativas con algunas estructuras de la ciudadela inca de Machu Picchu o con los enormes bloques de piedra de Sacsayhuamán, en las proximidades del Cuzco, la capital Inca. La posibilidad de un contacto entre ambos mundos fascinó especialmente al explorador y arqueólogo noruego Thor Heyerdahl, quien convencido de que Rapa Nui pudo haber recibido visitantes procedentes de la costa sudamericana antes de la llegada europea, decidió demostrar que un viaje de ese tipo era técnicamente posible. En 1947 emprendió la célebre expedición de la Kon-Tiki, una balsa construida con troncos de balsa y otros materiales tradicionales que partió del Callao con rumbo a la Polinesia. La embarcación alcanzó finalmente el archipiélago de Tuamotu, situado unos 2.500 kilómetros al oeste de Rapa Nui, aunque las condiciones de la travesía obligaron a que fuera remolcada durante parte del recorrido. De esta manera, Heyerdahl se convenció de la validez de su teoría, confirmando además antiguas crónicas que hablan del viaje de Tupac Yupanqui a extrañas tierras situadas al oeste del continente americano. Cabe precisar que Ahu Tahira se levanta junto a la costa sur de Rapa Nui, muy cerca de la zona donde termina la pista del aeropuerto. En Vinapu se han identificado restos de tres plataformas ceremoniales cuyos moáis fueron derribados probablemente entre los siglos XVIII y XIX, durante los conflictos que enfrentaron a distintos clanes de la isla. Pero el verdadero misterio de Vinapu no está en las estatuas. Está en las piedras. En efecto, en prácticamente toda Rapa Nui, las plataformas ceremoniales fueron construidas utilizando bloques y piedras volcánicas colocados para formar muros cuyo interior se rellenaba con fragmentos de menor tamaño. En Vinapu, sin embargo, la técnica parece distinta. Las piedras del muro del Ahu Tahira encajan con una precisión extraordinaria, hasta el punto de que resulta difícil introducir una hoja fina entre algunas de sus juntas. El resultado recuerda inevitablemente al característico aparejo de determinadas construcciones incas. ¿Cómo pudo una sociedad situada a miles de kilómetros de los Andes desarrollar una técnica que presenta semejanzas tan llamativas? Al respecto, existe la hipótesis de Túpac Yupanqui, esgrimida por el historiador peruano José Antonio del Busto, quien defendió una de las teorías más audaces para explicar el misterio. Según su interpretación, el Ahu Tahira podría haber sido construido durante una expedición del Inca Túpac Yupanqui al océano Pacífico. Del Busto se apoyó en las crónicas de los historiadores españoles Pedro Sarmiento de Gamboa, Martín de Murúa y Miguel Cabello de Balboa, escritas durante el siglo XVI. En ellas aparece el relato de una expedición marítima emprendida por Túpac Yupanqui luego de que el soberano tuviera conocimiento de la existencia de unas islas situadas muy lejos de la costa. Según esta tradición, el gobernante habría organizado una enorme expedición que, además de guerreros, incluía numerosas balsas de vela, cuya flota habría llegado hasta unas islas denominadas Ninachumbi y Auachumbi. Del Busto propuso que aquellas islas podían corresponder a territorios de la Polinesia, entre ellos Mangareva, en la actual Polinesia Francesa, y Rapa Nui. La hipótesis resulta extraordinaria, pero no carece de elementos que han alimentado la especulación. En Mangareva, por ejemplo, existe una tradición oral relacionada con un personaje llamado Tupa que habría llegado desde el este a bordo de embarcaciones de vela y habría introducido objetos de lujo y productos desconocidos en la isla, como orfebrería, cerámica y textiles. Para Del Busto, esa tradición podía conservar el recuerdo, transformado por generaciones de transmisión oral, de una expedición procedente de Sudamérica. Otro investigador que se acercó al misterio fue el historiador francés Jean Hervé Daude. Su atención se centró precisamente en la arquitectura de Vinapu y en sus semejanzas con las chullpas de Sillustani, cerca del lago Titicaca, en Perú. Ambas construcciones presentan una fachada de grandes piedras cuidadosamente trabajadas que contiene un relleno interior de materiales más pequeños. Daude considera que estas similitudes podrían apuntar a una conexión tecnológica y cultural entre ambos mundos. Incluso sostiene que Túpac Yupanqui pudo haber sido conocido en Rapa Nui bajo el nombre de Mahuna-te Ra'a, una expresión que interpretó como "hijo del sol". Pero aquí es donde la hipótesis comienza a enfrentarse con serios problemas. El arqueólogo estadounidense William Mulloy, que excavó Vinapu en 1958, y buena parte de los investigadores posteriores han considerado que las semejanzas arquitectónicas no constituyen una prueba de contacto entre los Incas y los habitantes de Rapa Nui. La explicación puede ser mucho más sencilla: dos sociedades diferentes pudieron desarrollar soluciones parecidas ante problemas constructivos similares. Además, las diferencias técnicas son importantes. Los muros de Vinapu están formados por grandes placas de revestimiento que contienen en su interior un relleno de escombros. Los constructores incas, en cambio, utilizaron en muchas de sus obras grandes sillares macizos cuidadosamente trabajados. También existe una diferencia considerable en las dimensiones de las piedras. Los bloques empleados en Vinapu pueden alcanzar varias toneladas, con algunos ejemplares estimados entre 10 y 12 toneladas. En la fortaleza de Sacsayhuamán, por el contrario, algunos de los mayores bloques utilizados en su construcción alcanzan aproximadamente entre 120 y 360 toneladas, siendo de un tamaño descomunal. La semejanza visual, por tanto, no implica necesariamente una misma tradición arquitectónica. Sin embargo, la discusión dio un giro diferente cuando la genética entró en escena. En el 2014, un estudio realizado por investigadores del Centro de GeoGenética de Dinamarca detectó en la población rapanui moderna un componente de ascendencia indígena americana. Según sus estimaciones, esa mezcla genética habría ocurrido aproximadamente entre 1280 y 1495 d.C., una horquilla temporal que coincide, al menos parcialmente, con la época en la que Del Busto situaba la expedición de Túpac Yupanqui. La noticia resultó especialmente llamativa porque ofrecía, por primera vez, una posible evidencia biológica de contactos preeuropeos entre poblaciones polinesias y americanas, pero el asunto estaba lejos de quedar resuelto. En el 2024, un nuevo estudio basado en ADN antiguo obtenido de restos óseos prehispánicos procedentes de Anakena introdujo un importante matiz. Los investigadores no encontraron en los individuos analizados el componente de ascendencia amerindia identificado en estudios anteriores. El resultado sugiere que el contacto genético entre poblaciones polinesias y americanas podría haber ocurrido en una fecha posterior a la propuesta inicialmente. En otras palabras, lejos de cerrar el debate, la genética volvió a complicarlo. Y esa es precisamente la situación en la que se encuentra hoy el misterio de Vinapu. ¿Llegaron realmente los Incas hasta Rapa Nui? ¿O estamos ante un caso de convergencia cultural en el que dos sociedades separadas por más de 3.700 kilómetros de océano encontraron, de manera independiente, soluciones semejantes para resolver un mismo problema arquitectónico? La respuesta continúa siendo incierta. Ni las crónicas de Sarmiento de Gamboa, Murúa y Cabello de Balboa, ni los análisis arquitectónicos de Vinapu, ni las investigaciones genéticas disponibles proporcionan una prueba definitiva. Pero las piedras siguen ahí. Además, dejan planteada una pregunta difícil de ignorar: ¿por qué esta plataforma presenta unas características constructivas tan diferentes de las predominantes en el resto de la Polinesia? Para resolverla haría falta algo mucho más contundente que una semejanza arquitectónica o una tradición oral: una evidencia arqueológica inequívoca. Una herramienta, una inscripción, un objeto de fabricación claramente andina o cualquier otro vestigio de origen inca encontrado en un estrato arqueológico bien fechado podría transformar por completo el debate. Hasta que aparezca esa prueba, el Ahu Tahira seguirá ocupando un lugar singular en la arqueología del Pacífico. Un lugar donde las interpretaciones académicas y las hipótesis de investigadores como Thor Heyerdahl, José Antonio del Busto o Jean Hervé Daude continúan enfrentándose a la misma evidencia. Una evidencia que no habla, pero que lleva siglos hecha de piedra.

