TIEMPOS DEL MUNDO

martes, 12 de mayo de 2026

SECRETOS DE MUNDOS OLVIDADOS: El final del principio

La construcción de grandes complejos de templos, localizados en diversos sitios del Perú y que fueron edificados en la primera mitad del Siglo II A.C. lógicamente debió ser organizada y dirigida por alguien (En estos centros ceremoniales es seguro que se realizaban regularmente ceremonias religiosas celebradas por sus sacerdotes). Pero es imposible que estas construcciones hayan sido erigidas a base de los recursos de un solo pueblo. En esas sociedades tiene que haber existido alguien que tenía el poder y el derecho a dar impartir órdenes para su construcción. No sabemos su nombre, simplemente porque - hasta donde sepamos - no existía la escritura, por lo que no dejaron documento alguno que nos de información de ello. Este alguien indudablemente pertenecía a la casta dominante, una verdadera aristocracia, compuesta posiblemente por una casta sacerdotal. Debemos, por ende, referirnos a una “teocracia”, De todas maneras, es así como se inicia, a través de la división de clases, lo que denominamos “civilización” o “cultura superior” y que origino el establecimiento de los primeros reinos indios del Perú. Los investigadores han tratado arduamente de definir las características comunes a todas las civilizaciones tanto de la Antiguo con del Nuevo mundo. Todos ellos diferenciaron unánimemente dos características que, en principio, son válidas para cualquier civilización. Una de ellas es la división de clases en una sociedad. Y la otra es la erección de ciudades o centros ceremoniales de carácter religioso. Ya que en la mitad del siglo II A.C. en el Perú comenzaron a levantarse dichas edificaciones y que además poseemos evidencias de la división de su sociedad en clases, podemos deducir que estamos al “final del principio” o sea que nos encontramos al comienzo de la primera civilización en el país andino, y simultáneamente, del establecimiento del primer poder estatal en territorio peruano. De otra localidad poblacional de los peruanos de aquella época, poseemos el cráneo muy bien conservado, de lo que parece ser el primer sacrificio humano, de alguien que fue decapitado en “honor” a un dignatario. Pero los arqueólogos también han encontrado números y magníficos objetos de adorno, como por ejemplo aretes y peinetas, que suponemos, fueron utilizadas por miembros de aquellas clases privilegiadas. En el sur del Perú, se inició también por aquella época, el comercio de trueque de la obsidiana, la cual era “importada” para la clase dirigente de los lugares donde no existía, y que era muy solicitada. Cabe precisar que el tráfico de la obsidiana y los primeros sacrificios humanos, son todavía interrogantes no resueltos, hipótesis. Sin embargo, de lo que, si tenemos evidencia de aquellas sociedades, es la primera arquitectura peruana de aquella época, cuyos monumentos han sido descubiertos por expediciones de arqueólogos realizadas durante años. Pero ninguna de ellas llego a concretar un descubrimiento sensacional hasta ese momento, como la realizada por un equipo de arqueólogos de la Universidad de Tokio, dirigidos por Seiichi Izumi, quienes descubrieron en Cotosh - ubicado no lejos de Huánuco - de una curiosa edificación que denominaron el “templo de las manos cruzadas”, considerado en su época como uno de los más antiguos de América. Por cierto, los japoneses no lo descubrieron “por casualidad”. Tuvieron que excavar capas de tierra acumuladas de siete metros de espesor, que según parece, fueron depositadas deliberadamente para ocultar esta grandiosa construcción india. Superando grandes dificultades, pudieron excavar en el recinto sagrado, para descubrir los muros de una construcción de forma cuadrada, que estaba decorada con nichos, cuando de pronto apareció una escultura que, al parecer, representa los brazos de una mujer, que estaban superpuestos. Pero solo brazos y nada más. Posteriormente, descubrieron en otros nichos, manos semejantes. Izumi entonces no dudo más. ¡Si, el templo estaba consagrado a estas manos femeninas cruzadas! ¡Dedicadas a su culto! No cabe duda que estas manos cruzadas fueron el símbolo básico de las creencias de los indios de Cotosh, así como para los cristianos es la Sagrada Cruz. Los arqueólogas que en el Perú estaban acostumbrados a esculturas macizas y robustas como los de Chavin o Tiwanaku, se sintieron ante este extraordinario hallazgo, inspirados a exaltar su admiración. Luego de este inesperado descubrimiento, Izumi decidió regresar a Cotosh tan pronto como le fuera posible, con una expedición más numerosa en 1963, la cual desenterró totalmente el templo, constatando que este había sido readaptado arquitectónicamente, aproximadamente en el 1800 A.C. Esta nueva expedición descubrió que estaba realmente edificado sobre una plataforma de 8 metros de altura, y además hallaron los restos un recinto para fuego. ¿Un horno en el templo? Parece extraño. Pero Izumi continúo excavando todo lo profundo que fuera, encontrando un conducto de aire artificialmente perforado, por lo cual sería una especie de sagrario de fuego, en la cual debía arder una llama eterna, y que seguramente, ardió durante décadas, el cual, para los antiguos peruanos de hace 4,000 años era un símbolo de los poderes a los cuales estos hombres adoraban. Las Manos Cruzadas de Cotosh han perdurado a través de los siglos. Si bien la llama sagrada hace mucho que se extinguió. Pero otra llama, la que alumbraba el camino de las culturas superiores del Perú, cuya luz y sus reflejos arderán eternamente. Porque el recinto sagrado de Cotosh significa definitivamente el final del principio, de los principios de la historia del Perú. El fuego de Cotosh proyecta ya su luz sobre la próxima parte del camino del pasado peruano, el trayecto al primer “reino indio” hacia la primera cultura superior del Antiguo Perú: Chavin.