TIEMPOS DEL MUNDO
martes, 3 de noviembre de 2026
EXTRAÑAS DESAPARICIONES : El buzo del Titicaca
Ubicado en el sur del Perú, el lago Titicaca ha sido cuna de una serie de mitos y leyendas a lo largo de la historia, siendo las más conocidas aquellas que afirman que en sus profundidades se encuentra una ciudad que se hundió en sus aguas - al igual que la mítica Atlántida - y que también esconde bases alienígenas, por lo que el avistamiento de OSNIS que salen o ingresan en sus frías aguas se dan con regularidad, sin olvidarnos claro está, de criaturas monstruosas como el Amaru o el Archancho de los cuales se dice que habitan allí, y de todo ello como sabéis, ya nos ocupamos en anteriores ocasiones. Sin embargo, en esta oportunidad trataremos de un extraño fenómeno ocurrido en el lado boliviano del lago, que pasamos a tratar a continuación ¿vale?: El 14 de marzo del 2022, a las 12:40, según el registro horario de la Cámara subacuática que llevaba sujeta al pecho, Marco Antonio Espinoza amarró su embarcación en el sector noreste del lago Titicaca, en el extremo boliviano del lago, a aproximadamente 8 km al sur del poblado de Escoma, en el departamento de La Paz. La mañana estaba despejada. La temperatura del aire en esa altitud de 3810 m sobre el nivel del mar registraba 6ºC. El viento venía del noroeste a razón de 12 km/h, lo suficiente para rizar la superficie, pero no para impedir una inmersión. Marco revisó su equipo con la meticulosidad de alguien que había pasado 9 años buceando en ese lago específico, no en el mar, no en piscinas de entrenamiento, sino en ese sistema de agua fría, oscura y extremadamente delicada que es el Titicaca, un lago que comparte con el Perú. A esta altitud revisó las válvulas del regulador, el manómetro de presión del tanque, el inflador del chaleco compensador de flotabilidad, el estado del traje de neopreno de 7 mm que usaba en aguas que a 20 m de profundidad no superaban los 11ºC. Encendió la linterna secundaria, verificó la cámara, la activó, comprobó que la luz de grabación parpadeara en rojo y se tiró al agua. Era su segunda inmersión del día. La primera había durado 23 minutos y no había producido nada de interés según el registro que llevaba en el diario paralelo al cuaderno de investigación principal, ese cuaderno de 94 páginas que en ese momento guardaba en su mochila dentro de la embarcación y que nadie, excepto su hermana Daniela, volvería a ver durante meses. Su familia en La Paz esperaba verlo regresar al día siguiente. No regresó. A dos días de la inmersión, el 16 de marzo del 2022, una embarcación de patrulla de la Armada Boliviana encontró la lancha de marco a la deriva a 4 km al noroeste del punto donde él la había dejado amarrada esa tarde. El motor estaba apagado. Las provisiones que había empacado para tres días, arroz, conservas de atún, fruta seca, bidones de agua, estaban intactas. Su ropa seca estaba doblada sobre el asiento delantero con la prolijidad de alguien que la hubiera dejado allí deliberadamente antes de cambiarse hacia el traje de neopreno. Y en el fondo de la embarcación, todavía activa en modo de vigilancia pasiva, seguía funcionando la cámara subacuática. La memoria del dispositivo contenía 47 minutos de footage. Los primeros 36 minutos muestran a Espinoza buceando con normalidad. Pero los últimos 11 minutos muestran algo que los analistas de imagen de la Armada Boliviana, los peritos forenses convocados para el proceso de investigación oficial y el especialista independiente en análisis de imagen subacuática, no han podido explicar de manera satisfactoria con ningún marco de referencia disponible. Sucede que en el minuto 43, 4 minutos antes de que la grabación termine, Marco hace algo que ningún buzo consultado, ni investigador que haya tenido acceso a ese footage ha sabido interpretar con certeza. Mira directamente a la cámara y se despide, ingresando por una oscura puerta en el fondo del lago y no se le vuelve a ver más. Cuando los buzos de rescate de la armada descendieron a las coordenadas exactas registradas por el GPS interno de la cámara, no encontraron nada de lo que aparecía en la grabación. La pared rocosa del fondo era lisa, continua, sin abertura, sin marcas, sin evidencia de que algo hubiera sido construido o trabajado allí. Lo extraño era que no aparecía la puerta que se ve en la grabación antes que Espinoza desapareciera, como si hubiera filmado un lugar que no existe en el fondo del lago Titicaca, pero que sí apareció frente a su cámara durante 47 minutos. Marco Antonio Espinoza había nacido en La Paz en 1984, era el segundo de tres hermanos en una familia de origen aymara del departamento de la paz. Tenía 38 años cuando desapareció. Había completado su formación técnica especializada en la Escuela Naval Boliviana ubicada en Tiquina, en el estrecho que divide el lago Titicaca en sus dos cuerpos principales, el lago mayor al norte y el lago Menor, también conocido como Hiña y Marca al sur. Su entrenamiento incluyó buceo de rescate, buceo científico con protocolo de toma de muestras y el manejo de instrumentos de medición subacuática como ecosondas y sonares portátiles. Entre el 2008 y el 2017, durante 9 años completos, trabajó como técnico de buceo especializado para la Armada Boliviana, participando en seis expediciones científicas documentadas en distintos sectores del lago y en dos operaciones de recuperación de embarcaciones hundidas en aguas del lago Mayor. era alguien que conocía el Titicaca con una profundidad que va más allá de lo meramente geográfico. Conocía sus corrientes internas, que son particularmente complejas en el sector noreste, por la influencia de los ríos afluentes del lado boliviano. Conocía sus variaciones de temperatura por estación y por profundidad, la termoclina que separa las aguas superficiales más cálidas de las capas profundas permanentemente frías. Sabia la diferencia de visibilidad entre el sector de aguas abiertas y los fondos de bahías protegidas. sabia el comportamiento del lago en condiciones de tormenta eléctrica que en el altiplano boliviano pueden desarrollarse en cuestión de minutos incluso en temporada seca, generando olas de hasta 1 metro y medio en el centro del lago. Espinoza no era un aficionado que subestimaba el entorno, era exactamente lo opuesto, un técnico con formación formal y años de experiencia práctica en ese cuerpo de agua específico. Cuando Marco dejó la armada en el 2017, comenzó a trabajar de manera independiente como técnico de buceo para expediciones privadas y proyectos de investigación de universidades bolivianas y peruanas, entre ellas la Universidad Mayor de San Andrés de la Paz y la Universidad Nacional del Altiplano de Puno. Ese trabajo le daba acceso a recursos técnicos, archivos científicos y embarcaciones que de otro modo habrían estado fuera de su alcance. En paralelo, llevaba adelante desde al menos el 2016 una investigación personal sobre el fondo del lago en el sector noreste, que su hermana Daniela Espinoza describe como algo que fue creciendo lentamente hasta ocupar la mayor parte de su tiempo y energía intelectual durante los últimos 4 años de su vida. La Armada Boliviana clasificó su desaparición como “un accidente de buceo en condiciones de baja visibilidad”. El informe oficial señala que el buzo “pudo haber sufrido un episodio de narcosis por nitrógeno a profundidades superiores a los 30 m.” Aunque el perfil de buceo registrado por el computador de inmersión de su propio equipo no supera en ningún momento los 22 m, muy por debajo del umbral reconocido de riesgo de narcosis para un buceador con entrenamiento formal. El cuerpo de Espinoza no fue recuperado. La investigación fue cerrada en septiembre del 2022, a 6 meses de la desaparición. El cuaderno de notas que Marco dejó en su departamento de La Paz, 94 páginas con escritura densa en ambas caras de cada hoja, no fue incluido en el expediente oficial. La armada lo catalogó como “material sin relevancia” para determinar las causas del accidente. Daniela Espinoza conserva ese cuaderno. Lo que contiene cambia por completo la manera en que tiene que leerse la desaparición de su hermano. Para entender que estaba buscando Marco Espinoza esa tarde del 14 de marzo del 2022, hay que retroceder 19 años al 2003. Un equipo del Instituto de Hidráulica e Hidrología de la Universidad Mayor de San Andrés de la Paz realizaba ese año un trabajo de levantamiento batimétrico de rutina en el sector central y noreste del lago, financiado por el programa de estudios lacustres del Ministerio de Medio Ambiente Boliviano. El trabajo empleaba sondas acústicas de alta frecuencia que envían pulsos de sonido al fondo y miden el tiempo que tarda cada pulso en regresar, construyendo así un perfil tridimensional del terreno subacuático. En un punto específico del sector noreste, a coordenadas que los investigadores registraron con precisión en su informe interno fechado en octubre del 2003, la sonda acústica registró una reflexión de sonido que no correspondía a ninguna de las superficies naturales documentadas en el resto de la campaña. No era una anomalía de profundidad, era una anomalía en la calidad de la reflexión. El sonido regresaba de manera diferente, como si la superficie que lo devolvía tuviera una densidad o una geometría distinta al sedimento lacustre y a la roca de cuarcita y pizarra que caracterizan el fondo del Titicaca en esa zona. El jefe del equipo, un hidrólogo con 15 años de experiencia en mediciones lacustres en el altiplano, describió la anomalía en el informe interno como una reflexión que sugiere una interfaz de densidad no consistente con la geología conocida del sector. El equipo repitió la medición en tres ocasiones separadas con intervalos de 4 horas entre cada una para descartar artefactos del instrumento o interferencias por gradiente de temperatura. Los tres resultados fueron idénticos. El informe del Instituto de Hidráulica recomendaba una expedición de seguimiento con equipos de sonar de mayor resolución. La solicitud de financiamiento fue presentada al Fondo Nacional de Ciencia y Tecnología Boliviano en noviembre del 2003. No fue aprobada. El informe quedó archivado en la biblioteca técnica del Instituto, donde Marco lo encontró durante sus años en la Armada. En la página 34 de su cuaderno copió a mano las coordenadas exactas de la anomalía. Al lado escribió con tinta diferente y en una fecha posterior. El mismo punto, siempre el mismo punto. Marco no había llegado a esa coordenada por el informe batimétrico. Solamente había pasado al menos 4 años cruzando datos de fuentes completamente distintas que nadie había conectado antes. Había sistematizado informes de desapariciones lacustres sin resolución del periodo entre 1970 y el 2020, obtenidos combinando el registro de accidentes de la Dirección General de Navegación y Puertos con Archivos de Prensa Local de La Paz, Copacabana y Desaguadero que él mismo fue recopilando en visitas a hemerotecas durante varios años. Había compilado testimonios de pescadores aymaras de las comunidades de la Ribera Norte, sobre incidentes de desorientación extrema y pérdida de embarcaciones en condiciones que no justificaban la pérdida. Reviso además con detalle los informes de la Expedición Oceanográfica franco-boliviana de 1987, parcialmente financiada por el Centro Nacional de la Recherche Cientifique de París, y había analizado de manera exhaustiva la documentación publicada e inédita de la expedición Acaor del año 2000, que en el sector de la isla del Sol encontró estructuras arquitectónicas en el fondo del lago que generaron interés internacional durante varios meses y luego desaparecieron casi completamente del radar académico, lo que Marco había establecido en su cuaderno con la disciplina de alguien que lleva años trabajando un mismo problema. Era que un porcentaje estadísticamente desproporcionado de los incidentes lacustres sin resolución registrados en los últimos 50 años, embarcaciones desaparecidas sin rastro bajo condiciones que no explicaban la pérdida. Cuerpos no recuperados en situaciones donde la profundidad y las corrientes no eran suficientes para explicar la ausencia. Da cuenta además de testimonios de desorientación seguidos de pérdida de conciencia. se concentraba en un radio de 2 km alrededor de un punto específico del sector noreste, el mismo punto de la anomalía watimétrica del 2003. La página 61 del cuaderno tiene una sola línea subrayada dos veces. Los aymaras llevan siglos sabiendo que no hay que cruzar ese punto. La pregunta no es, ¿qué hay ahí? La pregunta es, ¿qué fue lo que vieron para aprenderlo? El concepto aymara al que Marco había dedicado más espacio en su cuaderno, con entradas que cubren desde la página 45 hasta la 73 con distintos grados de elaboración y profundidad. Es el que los hablantes aymara del altiplano boliviano y peruano pronuncian aproximadamente como Yalsu Uma y que en castellano se ha transcrito de distintas maneras según el investigador, entre ellas Yalsua, Yalsuma o Halsuma. Marco prefería esta última grafía en sus notas y la usó de manera consistente. Halsuma no es un término de uso general en el idioma aymara ni una expresión poética de uso cotidiano. Es una categoría geográfica específica, un descriptor técnico de determinadas zonas de cuerpos de agua que la tradición oral y el conocimiento práctico de las comunidades pesqueras del Titicaca han identificado a lo largo de generaciones como lugares donde algo en el agua altera la percepción del tiempo, la orientación espacial. Y según algunos de los testimonios que Marco había recopilado y transcrito directamente de entrevistas con pescadores de la Ribera Norte, la voluntad de quien entra en contacto prolongado con ella. El término no implica un concepto sobrenatural en el sentido en que ese término se entiende en Occidente. Marco lo explicaba en su cuaderno como una categoría empírica. Las comunidades aymaras observaron durante generaciones un fenómeno consistente en zonas específicas del lago. Desarrollaron un nombre para ese fenómeno y establecieron protocolos de evasión basados en esa observación. Los pescadores aymaras no evitan las zonas Halzuma por una superstición general, las evitan por coordenadas. Esas zonas tienen nombres propios dentro de las comunidades, nombres que no aparecen en ningún mapa oficial, pero que se transmiten de generación en generación con la precisión de una advertencia probada por la experiencia repetida. Una de esas zonas, la que tiene nombre propio en las comunidades de la Ribera Norte y que los hombres mayores de escoma identifican con un término que se puede traducir aproximadamente como el lugar donde el agua recuerda, coincide con exactitud geográfica con el punto que Marco había marcado en la página 34 de su cuaderno. Su hipótesis de trabajo formulada en distintas versiones a lo largo del cuaderno era que las comunidades aymaras del Titicaca habían catalogado, mediante la observación repetida y el registro oral, la existencia de zonas específicas del lago, donde la experiencia subjetiva del tiempo y el espacio se alteraba de manera consistente y que el concepto de Halsuma era esa catalogación, un sistema de conocimiento geográfico práctico en la página 78 del cuaderno, escrita con tinta más reciente que el resto del texto y añadida Aparentemente poco antes del viaje final, Marco anotó, “El umbral no aparece siempre. Los aymaras dicen que el lago lo muestra cuando decide que alguien está listo para verlo. No cuando el buzo lo busca, cuando el lago lo permite. Daniela Espinoza admitió que su hermano sabia todo esto antes de ir. Por eso Marco llevo esa cámara consigo. Era una GoPro Hero 9 con carcasa homologada para inmersiones de hasta 60 m de profundidad y batería suficiente para 3 horas de grabación continua. La activó antes de entrar al agua, comprobó la luz de grabación y la dejó grabando desde el momento en que se sumergió para no regresar. ¿Cuántos de los incidentes lacustres sin resolución en el lago Titicaca en los últimos 100 años ocurrieron en el lugar bajo condiciones que no explicaban lo sucedido? La respuesta honesta a cada una de estas preguntas es no lo sabemos. No porque nadie haya investigado, sino porque lo que se investigó fue insuficiente y lo que se solicitó para investigar más fue negado sin explicación técnica pública. El 14 de marzo del 2022, antes de amarrar su embarcación en el sector noreste del lago, Espinoza escribió la última entrada en su cuaderno. No es una nota de investigación, es una lista de cosas que quería que Daniela supiera si no regresaba. La lista tiene ocho puntos. La última línea dice, “Si el lago me muestra lo que busco, no vengas a buscarme. El lago no toma. El lago guarda, hay una diferencia. Lo que el lago toma es una pérdida. Lo que el lago guarda puede en el tiempo del lago volver. El problema es que su tiempo no es el tuyo ni el mío. No hay forma de saber cuándo. Para el lago llegará el momento de devolver lo que guarda. Espera” Daniela Espinoza lleva años esperando, no porque haya aceptado que su hermano está muerto, sino porque respeta lo que él escribió. Y porque hay algo en la formulación de esa instrucción que no suena como la escritura de alguien que va a morir. Suena como la escritura de alguien que va a ir a un lugar donde el tiempo funciona de otra manera y que necesita que quien queda en este lado entienda que la espera no es lo mismo que la pérdida. Queda una sola pregunta por hacer. Si Espinoza encontró en el fondo del Titicaca lo que los aymaras llevan siglos sabiendo que está ahí. ¿Cuántas personas llegaron a ese umbral antes que él y cuántas de ellas también decidieron quedarse?
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