TIEMPOS DEL MUNDO

martes, 22 de octubre de 2019

VIDA MÁS ALLÁ DE LA MUERTE: ¿Creían los Incas en la reencarnación?

La muerte para los incas era sencillamente el pasaje de esta a la otra vida. Por eso nadie se atormentaba frente a ella, porque estaban seguros de que sus descendientes y su ayllu (clan familiar) cuidarían de su cadáver momificado, o simplemente disecado, llevándole comidas, bebidas y ropajes durante todos los años del futuro. En dicho aspecto lo único que le acongojaba era que pudieran ser quemados o pulverizados, porque eso significaba su desaparición total. Por lo demás, no tenían la menor idea del paraíso celestial, tampoco del infierno ni mucho menos del purgatorio o la existencia del diablo al estilo de las religiones del viejo mundo. Tampoco pensaban en la resurrección de los muertos. Sin embargo, creían en la reencarnación, ya que estaban convencidos que el alma de quien acababa de morir retornaba a este mundo con el que recién nacía. Al respecto, existen algunos manuscritos coloniales que documentan esta creencia. Así por ejemplo, en los capítulos 32 y 97 de La Crónica del Perú (1550), el cronista Pedro Cieza de León anotó lo siguiente: “No tienen conocimiento de la inmortalidad del ánima enteramente, mas creen que sus mayores tornan a vivir, y que las ánimas de los que mueren entran en los cuerpos de los que nacen”. “Y cuentan estos indios, que tuvieron en los tiempos pasados por cosa cierta que las ánimas que salían de los cuerpos iban a un gran lago, donde su vana creencia les hacía entender haber sido su principio, y que allí entraban en los cuerpos de los que nacían”. Semejantes afirmaciones aparecen en el manuscrito quechua anónimo de Huarochirí (Siglo XVI), donde se mencionan varias referencias directas e indirectas a la reencarnación, como: “En aquella época, los hombres resucitaban a sólo cinco días de haber muerto”. “Se dice que creían que iba a volver a su lugar de nacimiento Omapacha”. “En tiempos antiguos, cuando un hombre moría decían: nuestro muerto volverá después de cinco días ¡esperémoslo!”. “Sabemos por procesos de idolatrías, que los muertos solían regresar a sus pacarinas”. Sobre esto podemos agregar que en dicho manuscrito, los niños que nacían para reemplazar a sus padres, llevaban agregado el término Curi a su nombre, sea persona o animal (¿reencarnaban también en animales?). Y lo curioso de esto es que, uno de los protagonistas de este manuscrito, Huatiacuri, llevaba el apelativo Curi unido a su nombre (Huatia-Curi), lo cual indicaría que este personaje es un ser reencarnado, muy posiblemente de su padre, el (dios) Pariacaca. Cabe resaltar que a quien fallecía, en primer lugar se le bañaba para purificarlo; luego se le frotaba con maíz blanco molido, mullu y otros ingredientes. Acto seguido, se le vestía. Los parientes lloraban y luego lo llevaban a una cueva para colocarlo junto a otros difuntos del ayllu. Se creía que el alma no se retiraba del lado del cuerpo sino cinco días más tarde de fallecido; fecha en la que los parientes iban al río más próximo a lavar los atuendos y otras prendas dejadas por el muerto, y se los guardaba para seguir vistiendo a la momia. Estaban convencidos que ulteriormente de exhalar el último suspiro, esa fuerza vital de su propio ser seguía con vida, y creían igualmente que en el cadáver seguían latentes muchos atributos del ser vivo: sed, hambre, calor, frío, etc. De ahí porque para ellos era importante su conservación, lo que resultaba fácil en los Andes dada las condiciones ecológicas, que coadyuvaban a su disecación y momificación. Consecuentemente, para que no padecieran de hambre ni sed colocaban adyacentes al muerto vasijas de alimentos y bebidas, cosas que se le continuaba llevando cada cierto tiempo, en fechas conocidas. Tal hecho explica la necesidad de dejar hijos y descendientes para asegurar el abastecimiento permanente al fallecido. Era un desvelo el que sus cadáveres no desaparecieran, porque su conservación significaba seguir viviendo. Fue así que la idea de la supervivencia luego de la muerte lo que condujo a la preservación del cuerpo. Generalmente el muerto era envuelto en telas, dejándole el rostro libre; pero entre la nobleza llevaban sus joyas y coronas, además de una máscara de oro delgado, que de seguro reproduciría los rasgos fisonómicos del difunto. Así como los cadáveres recibían cuidados especiales, se los disponía de tal forma para que se secaran y pudieran conservarse centenares de años. En los Andes, eran arropados y colocados en posición fetal, (codos entre las rodillas y las manos sujetando el mentón). Estas momias eran llevadas a cuevas naturales ubicadas en cañones y laderas de las más altas montañas, rodeándolos con objetos familiares: vajillas, herramientas, comidas, bebidas. Quedaban prácticamente al aire libre, a la vista de todos. Hasta allí acudían sus parientes colaterales y directos, llevándoles mates de alimentos, derramando chicha y poniendo hojas de coca en las bocas de las momias. También le eran sacrificados cuyes (conejillos de Indias) y llamas. Aparte de ello, las momias debían ser cuidadas y conservarlas para ser visitadas por lo menos una vez al año y cambiarles de vestimenta con el objetivo de llevarlos en procesión cargados en  andas, rumbo a su comunidad, quienes danzaban con el cadáver. Pensaban que aquel rito contribuía a dar bienestar y eternidad al ayllu. El esmero y precaución que ponían en la preservación de los cadáveres es una prueba en que creían en la vida sobrenatural. Se imaginaban que los muertos seguían sintiendo casi todos los problemas y necesidades que los seres vivos. Además daban por hecho de que sus espíritus también que se agrupaban en ayllus, al igual que cuando estaban vivos. Si el culto de los ancestros determinó la conservación del cadáver, lógicamente que su preservación generó la técnica de la momificación. A veces extraían las vísceras y el cerebro. Lo restante les resultaba fácil merced a las condiciones ecológicas de los Andes por el gélido frío que posibilitaba su conservación. Si bien con la llegada de los españoles y la extirpación de idolatrías, se habría tratado de suprimir las expresiones colectivas vinculadas con el ritual y las creencias andinas, esto jamás habría pasado, ya que hasta la actualidad de una forma u otra se ha conservado muchas de las ceremonias y rituales funerarios, haciéndolas pasar como “cristianos” cuando en el fondo no tienen nada de ello.